Destrucción total — El último respiro
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No fue una explosión.
No hubo fuego ni gritos ni un instante claro donde todo se quebrara.
La destrucción llegó como una retirada.
Primero se fue la claridad.
Las cosas seguían en su lugar, pero ya no encajaban.
Las palabras perdieron intención.
Las decisiones comenzaron a sentirse torcidas incluso antes de tomarse.
Luego vino el desgaste invisible:
los vínculos se aflojaron sin discusiones,
las oportunidades pasaron demasiado rápido para ser reconocidas,
el esfuerzo dejó de producir sentido.
Nada atacó.
Nada persiguió.
Simplemente, el mundo dejó de responder.
Cada día pesaba más que el anterior.
Cada intento nacía cansado.
La vida no se rompió: se volvió inhabitable.
No hubo castigo ni justicia.
Solo una lenta descomposición del porvenir,
como si el destino hubiera sido borrado
y reemplazado por una repetición estéril de días vacíos.
La destrucción total no arrasa.
Vacía.
Quita el pulso, la dirección, la posibilidad de florecer.
Deja a la existencia intacta por fuera y completamente deshecha por dentro.
🚫 No daño embarazadas, niños ni animales. 🚫




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